Durante mucho tiempo hemos aprendido a clasificar las emociones entre positivas y negativas. Nos gusta sentir alegría, tranquilidad, entusiasmo o paz, y solemos pensar que algo anda mal cuando aparecen el miedo, la rabia, la tristeza o la frustración.

Incluso cuando hablamos de inteligencia emocional, muchas veces seguimos partiendo de esa misma lógica: gestionar las emociones parece significar controlar aquellas que nos incomodan, evitar que nos afecten o conseguir que desaparezcan rápidamente.

Pero quizá hemos entendido mal el propósito de las emociones.

En una conversación de coaching, una líder llegó con una necesidad que probablemente muchos pueden reconocer. Quería que las reacciones de las otras personas no le afectaran tanto cuando tenía que decir algo difícil. Sabía racionalmente que la reacción de los demás les pertenecía a ellos, pero aun así terminaba cargando con la incomodidad, cuestionando lo que había dicho y sintiendo estrés después de algunas conversaciones.

Su intención era aprender a separar lo que ella decía de la manera como el otro reaccionaba.

Sin embargo, al profundizar en la conversación apareció algo diferente. Detrás de esa preocupación por la reacción de los demás había miedo. Miedo al conflicto, miedo a incomodar, miedo a equivocarse y, sobre todo, una necesidad importante de mantener buenas relaciones y de sentir que las cosas iban a salir bien.

Entonces ocurrió algo interesante.

En lugar de preguntarse cómo podía eliminar ese miedo, comenzó a preguntarse para qué estaba allí.

La respuesta cambió por completo la manera de verlo.

El miedo había cumplido un papel importante en muchos momentos de su vida. La había llevado a prepararse, a anticipar escenarios, a cuidar sus relaciones, a pensar antes de actuar y a proteger aquello que consideraba valioso. No había sido únicamente una limitación. También había sido una forma de protección.

Por supuesto, ese mismo miedo tenía una sombra. Cuando tomaba demasiado espacio podía llevarla a evitar conversaciones necesarias, a preocuparse excesivamente por la aprobación de los demás o a interpretar un desacuerdo como una amenaza.

Pero también tenía una luz.

Y probablemente allí está una de las conversaciones más importantes que podemos tener sobre las emociones.

No existen emociones que sean absolutamente buenas o absolutamente malas. Cada emoción trae información y cumple una función. Lo importante es aprender a comprender qué está intentando mostrarnos y qué hacemos nosotros con esa información.

El miedo puede ayudarnos a identificar un riesgo y prepararnos mejor, pero también puede paralizarnos. La rabia puede mostrarnos que un límite importante ha sido cruzado, pero, si toma el control, puede llevarnos a actuar de maneras que después lamentemos. La tristeza puede permitirnos reconocer una pérdida y elaborar lo que estamos viviendo, pero también puede encerrarnos si permanecemos demasiado tiempo en ella.

Incluso las emociones que normalmente llamamos “positivas” necesitan equilibrio. Un exceso de entusiasmo puede hacernos minimizar riesgos. Una alegría desbordada puede llevarnos a tomar decisiones impulsivas. La tranquilidad, llevada al extremo, también podría convertirse en conformismo.

Tal vez por eso la inteligencia emocional no debería consistir en decidir cuáles emociones queremos sentir y cuáles no.

Debería ayudarnos a desarrollar la capacidad de escucharlas sin entregarles completamente el volante.

Cuando una persona logra observar lo que siente con curiosidad, aparece una posibilidad distinta. Puede preguntarse qué está protegiendo esa emoción, qué necesita, qué información le está entregando y, sobre todo, qué quiere hacer conscientemente con ella.

Eso fue precisamente lo que cambió en aquella conversación de coaching. El compromiso no fue dejar de sentir miedo antes de una conversación difícil. Fue empezar a relacionarse de otra manera con él. Buscarlo, escucharlo, cuestionarlo y recordar que, aunque el miedo apareciera, ella ya contaba con recursos suficientes para atravesar la situación.

En sus propias palabras, necesitaba tenerse más fe.

Y quizá esa frase resume buena parte de lo que significa gestionar nuestras emociones. No se trata de esperar a sentirnos completamente seguros para actuar. Se trata de aprender a reconocer aquello que sentimos, comprender para qué aparece y confiar en que podemos navegar lo que venga sin necesidad de eliminar la emoción primero.

Esto tiene una implicación enorme en el liderazgo.

Un líder que teme al conflicto puede evitar conversaciones necesarias. Uno que no reconoce su rabia puede llevarla a sus decisiones. Uno que intenta mostrarse siempre tranquilo puede terminar desconectándose de lo que realmente está ocurriendo en su equipo.

Las emociones están presentes en las organizaciones aunque no aparezcan en el organigrama, en los indicadores o en los planes estratégicos. Influyen en nuestras conversaciones, en las decisiones que tomamos, en lo que evitamos, en la manera como interpretamos a los demás y en la calidad de nuestras relaciones.

Por eso aprender a liderar también implica aprender a relacionarnos con nuestro mundo emocional.

No para controlarlo.

No para eliminar aquello que incomoda.

Sino para reconocer que cada emoción puede tener una luz y una sombra, y que nuestra responsabilidad está en comprenderla antes de permitir que decida por nosotros.

Tal vez la próxima vez que aparezca una emoción incómoda, la pregunta no tenga que ser: “¿cómo hago para dejar de sentir esto?”.

Quizá valga más la pena preguntarse: “¿para qué está apareciendo esta emoción y qué quiere mostrarme?”

Porque muchas veces aquello que intentamos evitar puede contener justamente una parte importante de lo que necesitamos aprender.

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